Por qué Santa Fe fue punto de inflexión de la violencia escolar

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El asesinato de Ian por otro alumno sucede tras otras denuncias de agresiones en aulas, con aumento en el uso de armas, en un contexto de empobrecimiento, precarización docente y legitimación de la crueldad. La falta de la palabra como mediación y la importancia de lo colectivo.

¿Por qué vos? ¿Por qué vos?”, preguntaba en un grito desgarrador ante el ataúd la tía de Ian Cabrera, el niño de 13 años asesinado en la escuela por un compañero de 15. Quizá lo más angustiante de esa escena desbordada por el dolor es que no hay una respuesta. Tampoco la habría si la formulara la madre del adolescente que disparó. Por más que muchos discursos apunten a la búsqueda de culpables –con los focos puestos en docentes y familia-, no hay un único porqué detrás del drama que sacudió a la comunidad santafesina de San Cristóbal. Ni tampoco se enmarca como un hecho aislado. Más bien se refleja como síntoma de un contexto educativo y social cada vez más al límite.

No hay estadísticas oficiales a nivel nacional que midan los episodios de violencia en las escuelas. Sí hay una percepción en las comunidades educativas de un incremento de distintas formas de violencia, con casos que por su gravedad adquieren mayor visibilidad. El asesinato de Ian ya es señalado como un punto de inflexión en la Argentina, como en su momento lo fue el caso de Junior en Carmen de Patagones. Y junto a la falta de respuesta sobre las causas, subyace la certeza de que sin políticas públicas que aborden el tema no hay salida posible.

Más desamparo, menos palabras

“Las microviolencias suelen englobar formas cotidianas, fricciones, conflictividades, que muchas veces se naturalizan. Burlas, silenciamientos, exclusiones. Cuando hacíamos relevamientos en el Observatorio Nacional de Violencias en Escuelas, que funcionó de 2004 a 2015, esas eran las formas más extendidas. Había una crítica a cómo los medios construían un relato espectacular acerca de casos graves que eran más excepcionales. Como el de Carmen de Patagones. Se consideraban hechos aislados. Ahora empezamos a ver una mutación hacia pasajes al acto más frecuentes, como ingresos de armas de fuego en las escuelas. Lo que vamos viendo es una ausencia prolongada de un procesamiento institucional del malestar. Cuando no se puede procesar, la conflictividad escala”, plantea Carolina Dome, magíster en Psicología Educacional (UBA) y autora del libro Violencias en escuelas: problemas, intervenciones, aprendizajes.

“Vivimos en un contexto donde confluyen empobrecimiento de las familias, precarización extrema del trabajo docente y una explícita bajada de línea gubernamental que legitima la crueldad, la violencia, el individualismo. Ante este desamparo, que es material y simbólico, las fricciones diarias pierden la posibilidad de ser mediadas por la palabra y corren el riesgo de escalar hacia formas más graves”, señala. Ya sucedió. ¿Se puede evitar que vuelva a pasar?

La importancia de lo comunitario y lo colectivo

“Se viene viendo en las escuelas un incremento marcado de la violencia, desde problemáticas interpersonales hasta cuestiones más importantes”, advierte Tatiana Moreno, psicóloga, trabajadora del sistema de salud pública de Santa Fe y docente de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Rosario (UNR), además de integrante del Consejo Consultivo Honorario en Salud Mental y Adicciones, un organismo de carácter nacional.

Tras la tragedia de San Cristóbal, propone no centrar el análisis en el caso puntual: “Si reducimos la problemática a una cuestión singular, corremos el riesgo de no ver las cuestiones del contexto y lo social. ¿Por qué sucede algo así? Me preocupó escuchar a alguien con un lugar importante de gestión decir que la situación tenía que ver con un conflicto intrafamiliar. No es que eso no incida, pero no podemos cerrarlo sin pensar que no se agota ahí la construcción de subjetividad. También están las instituciones que velan por el cuidado. En ese sentido tenemos que pensar lo comunitario y lo colectivo”.

Moreno considera que tampoco debería agotarse el análisis en un diagnóstico. “Estamos hablando de un proceso complejo, determinado por múltiples aristas. Lo social, lo económico, lo cultural. Hay que ser cuidadosos cuando hablamos de que es un caso de salud mental. Por supuesto que es una de las problemáticas más importantes que estamos viendo, pero no podemos desconocer la inscripción económica de estos malestares. Si hablar de salud mental nos implica reducir todo a que necesita un psiquiatra, estamos complicados”, resume.

Acota que no se puede pensar las intervenciones respecto a estas situaciones solo desde salud o solo desde la educación. «Esto implica tres pilares fundamentales: la interdisciplina, la interseccionalidad y un concepto de salud integral”, enumera. En medio de un panorama oscuro, destaca una experiencia con adolescentes que va por su tercer año en Santa Fe: las Olimpíadas de Psicología y Salud Mental, realizadas por la UNR, que convoca a estudiantes secundarios de la provincia. “Participan armando una canción, un poema, una pieza audiovisual sobre problemáticas de salud mental. Desde la comunidad de la facultad estamos maravillados. Hay producciones tremendas cuando se les da lugar a escucharlos”.

A contracorriente

“Estamos viendo en las escuelas un incremento de episodios de violencia. No es algo que no existiera antes, pero desde el año pasado estamos viendo incluso casos con armas blancas, algo que antes era muy aislado. Hace 20 años que transitamos escuelas secundarias, esto tiene que ver con una coyuntura bastante particular”, declaraba a Tiempo Silvia Grinberg, doctora en Educación y directora del Laboratorio de Ciencias Humanas (Unsam/Conicet), hace exactamente doce meses. En abril de 2025, la violencia en el ámbito educativo era tema de conversación porque había trascendido un chat en el que se planificaba un “tiroteo escolar” impulsado por una alumna de 14 en un colegio de Escobar.

Espero que lo que pasó en San Cristóbal marque un punto de inflexión y ojalá más temprano que tarde nos despabilemos. Porque así como lo hablamos hace un año, lo vamos a volver a hablar en un mes. Es dable imaginar que, si no se hace algo concreto, esto va a empeorar”, afirma tras un año en el que parecen haberse retrocedido varios casilleros. “No es un problema argentino –aclara-. En Italia un colega contaba que un estudiante acuchilló a un docente. Pero en Argentina están creciendo mucho los niveles de marginalidad y eso es caldo de cultivo para mayor violencia”, advierte.

Algo hay que hacer: el dilema es qué. Así lo resume Grinberg: “La escuela va a contracorriente. Tiene que decir ‘¿viste que tenés más likes en las redes si sos violento? Bueno, acá es todo lo contrario’. En un punto es parte de su función enseñar a vivir con otros, a convivir. Hoy, si no lo hace la escuela, no lo hace nadie. No hay ninguna otra institución que lo haga. Todo lo que está fuera de la escuela va en contra de esto. Las redes, la calle, nuestro presidente que se dedica al maltrato. Necesitamos que la escuela pueda hacer ese trabajo: ir a contracorriente. Las políticas tienen que empezar a pensar qué necesita la escuela para poder desarrollar esa tarea”.

San Cristóbal, la ciudad que continúa en shock

En San Cristóbal, ubicada 179 kilómetros al norte de Santa Fe Capital y donde viven poco más de 15 mil personas, ni la conmoción local ni la investigación judicial frenaron con los feriados de la semana que pasó. Mientras el adolescente que disparó –identificado como Gino C.- permanece alojado en un instituto de seguridad en la ciudad de Santa Fe y es evaluado por un equipo interdisciplinario, el jueves hubo allanamientos en su vivienda y en un negocio vinculado a su familia. Fueron ordenados por la fiscal Carina Gerbaldo y ejecutados por la División Unidad Investigación Antiterrorista de la Policía Federal.
El caso está caratulado como “homicidio doloso agravado por el uso de arma de fuego”. Pero el acusado, de 15 años, no es punible porque el nuevo Régimen Penal Juvenil todavía no entró en vigencia.
Si bien aún es materia de investigación, se supo que el adolescente que disparó y mató a un compañero había estado bajo tratamiento psicológico y que se había infringido autolesiones aunque, según trascendió, sus docentes no tenían información al respecto. También es materia de análisis su desenvolvimiento en redes sociales: se lo vincula con una cuenta que hacía referencia a ataques en escuelas en otros países, donde además había comentarios de otros usuarios alentando tales acciones.
En tanto, en la Escuela Normal Mariano Moreno N° 40 no está claro cuándo ni cómo se retomará la rutina. Hasta la semana pasada, según medios locales, el Ministerio de Educación provincial evaluaba cuándo reiniciar las clases, además de planificar encuentros con docentes y familias como parte del proceso de acompañamiento.
También en el Club Independiente de San Cristóbal se preparaban para encarar una etapa de contención de la categoría 2013, para ayudar a atravesar el duelo a los amigos con los que Ian Cabrera jugó al fútbol desde los cinco años.

Demasiados casos aislados

A principios de año, otro hecho de violencia entre adolescentes había golpeado a San Cristóbal. A Delfina Nardulli, de 15, un grupo de jóvenes le desfiguró la cara con armas blancas. Ella iba al colegio Mariano Moreno, igual que Ian. Su familia dejó la ciudad.

Los episodios de violencia extrema en ámbitos escolares se repiten. En Mar del Plata, un chico de 14 recibió una golpiza en la Escuela Secundaria N°38. Sufrió fracturas en el rostro y múltiples heridas tras ser atacado por un compañero en horario de clase. En la misma ciudad, en la Secundaria 204, la familia de una adolescente de 16 años con parálisis cerebral denunció que fue golpeada por una compañera dentro del establecimiento. En Córdoba, un alumno de 15 terminó con una luxación cervical tras ser atacado en el patio del colegio Alejo Carmen Guzmán. Todo pasó en los últimos días.

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