LA ECONOMÍA DE LA DICTADURA

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Por acá estoy nuevamente emocionado. Esta vez por los 50 años del último golpe militar y por la cantidad de gente que hubo en la marcha de la semana pasada. También contribuyeron los testimonios de los lectores (ustedes mismos) en el especial de Cenital. Todo eso me hizo pensar mucho en lo que dejaron esos fatídicos 7 años y medio.

Sin lugar a dudas, la peor de todas son los 30.000 desaparecidos, las familias que no conocen el paradero de sus seres queridos y los nietos que perdieron su identidad (y la mayoría de ellos todavía no la recuperaron).

Pero los damnificados por la dictadura fueron muchos más, probablemente toda la sociedad argentina. No solo por las marcas de vivir una tragedia así, sino también por sus consecuencias económicas. Sin ese período, la economía argentina podría haber sido otra.

Esto no quita responsabilidad a los gobiernos democráticos posteriores, pero sí marca un punto de inflexión: la economía que dejó la dictadura condicionó durante décadas los márgenes de acción.

Por todo esto me pareció interesante salirnos un poco de la coyuntura y repasar ese experimento económico. ¿Cuál fue la herencia recibida luego del Rodrigazo? ¿Qué hicieron a partir de esa herencia? ¿Qué economía dejaron para la vuelta de la democracia?

Imagínense estar haciendo un safari en Kenia y que de pronto te llamen para ser el ministro de Economía de la Argentina. A eso hay que sumarle que quien te contacta no es el presidente, sino la cúpula militar que te anticipa que va a tomar el poder. Eso es lo que vivió José Alfredo Martínez de Hoz, protagonista central de esta historia. Y, según él mismo, el ministro más polémico de la historia argentina.Así comienza la aventura económica del último gobierno militar.Vocación reformadoraMartínez de Hoz asumió el 2 de abril de 1976, justo 6 años antes del inicio de la Guerra de Malvinas. Su discurso inaugural giró en torno a 3 ejes: la inflación, la política industrial y la necesidad de eliminar las trabas al normal funcionamiento del mercado.La inflación era un problema de larga data, agravado tras el Rodrigazo. En su discurso hay un pasaje impactante: anualiza el dato de inflación mayorista mensual previo a su asunción del 54% y concluye que la inflación corría al 17.000% anual. No es casual que ese argumento, idéntico, vuelva a aparecer casi 50 años después.El diagnóstico era claro: había que terminar con el déficit fiscal financiado con emisión y, para ello, era necesario bajar los gastos principalmente a través del achicamiento de la administración central, la eliminación del déficit de las empresas públicas, la reducción de las transferencias a las provincias y la limitación de la obra pública.Pero las primeras medidas no fueron muy distintas a las del Rodrigazo: eliminación de los controles cambiarios (el cepo), devaluación del tipo de cambio oficial hasta converger con el paralelo, aumento de las tarifas de los servicios públicos, todo en un contexto de congelamiento salarial. El resultado fue una de las caídas más importantes del salario real y un fuerte deterioro en la distribución del ingreso.La diferencia clave era el contexto: mientras que Celestino Rodrigo –ministro de Economía durante la presidencia de María Estela Martínez de Perón– tomó estas medidas en un contexto típico de escasez de divisas, Martínez de Hoz lo hizo cuando esa situación se estaba revirtiendo justamente por la devaluación y recesión del año anterior. En 1976 las exportaciones crecían, el saldo comercial mejoraba y las reservas internacionales se recuperaban y se ubicaban un 40% por encima del piso anterior.Por eso, el fuerte deterioro del poder adquisitivo parece responder más a una vocación reformadora que a una necesidad urgente de estabilizar la macroeconomía.Una crisis sin faltante de dólaresHasta acá, la historia era relativamente conocida: ajuste, devaluación, caída del salario y recesión en 1976 de magnitud similar a la del año anterior.Pero 1977 comenzaba con expectativas de recuperación. La estructura productiva todavía no había sufrido grandes cambios y la industria contribuía de forma significativa al producto y, en particular, a las exportaciones. Con un tipo de cambio alto y salarios bajos, la industria era particularmente competitiva. La inversión y las exportaciones empezaban a reaccionar.En ese contexto, el gobierno de facto avanzó con una de las promesas anunciadas el 2 de abril de 1976: la reforma financiera.Hasta ese momento, las tasas de interés se encontraban reguladas. Eso implicaba que eran bajas para quienes podían acceder al mercado oficial y elevadas para el resto. La reforma financiera implicaba la liberación de las tasas y la garantía de depósitos por parte del Banco Central. La idea era simple: que la tasa se situara en algún lugar entre la regulada y la informal, para mejorar así la asignación del crédito. La garantía de depósitos buscaba incentivar el ahorro y que la tasa terminara siendo lo más baja posible.Pero pasó otra cosa: las tasas se dispararon, el crédito se encareció afectando consumo e inversión. La recuperación se interrumpió y, en su lugar, comenzó una recesión económica muy particular: fue la única de los últimos 100 años en la que no faltaban dólares, una crisis provocada enteramente por decisiones de política económica.Hay tablaHacia 1978 la situación económica era muy compleja. Con la crisis autoinfligida y la inflación que no bajaba, era necesario tomar medidas fuertes. Así, hacia finales del año se lanzaría un nuevo plan económico inspirado en la experiencia chilena, cuyo rasgo principal fue la tablita, que organizaba una serie de devaluaciones de la moneda pautadas y decrecientes en el tiempo. Se buscaba, de esta forma, que las personas tomaran esas devaluaciones decrecientes como referencia de la variación de precios y que la inflación bajara sin prisa pero sin pausa.Es interesante este enfoque no tanto por el fracaso posterior sino porque marca un claro cambio con respecto a las causas de la inflación: ya no era suficiente con la reducción del déficit y su financiamiento monetario, sino que había que trabajar también sobre las expectativas.El efecto de esta política fue contundente, pero no tanto para el lado esperado. Si bien la inflación bajó desde niveles cercanos al 150% anual hasta el mínimo de 80% anual, se mantuvo siempre por encima de la pauta de devaluación. Se dio así el proceso de apreciación de la moneda más intenso de la historia argentina.
 Tipo de cambio real (Índice Dic-2001 = 100)
Fuente: Medio siglo entre tormentas, p. 318.
El resultado no podría haber sido otro: el saldo comercial pasó a ser deficitario, se interrumpió la acumulación de reservas internacionales y los flujos de capitales fueron esenciales para sostener el proceso. Las elevadas tasas de interés resultantes de la reforma financiera, junto con la devaluación pautada del tipo de cambio, generó un incentivo extraordinario para atraer capitales. La denominada “bicicleta financiera”, lo que hoy llamamos carry trade. Según la extinta revista Somos, se dio una corrida bancaria pero al revés: todos querían depositar sus ahorros.Entre 1977 y 1980 el PBI en dólares se triplicó, pero no por el crecimiento real, sino por la apreciación. Las importaciones volaban (impulsadas también por la apertura), mientras las exportaciones caían. Todo financiado con deuda y capitales externos.Ahí empieza a gestarse otra transformación importante de la economía argentina: las crisis externas dejan de explicarse solo por el comercio y pasan a depender cada vez más de los flujos financieros, la deuda y sus intereses.IndustricidioLa estructura productiva cambió profundamente.A mediados de los 70, la industria manufacturera había alcanzado una participación récord en el valor agregado y en la canasta exportadora. Incluso había expectativas fundadas de que pudiera consolidar un sendero de crecimiento más complejo y menos dependiente de los dólares. Pero, nada de eso ocurrió.Primero la reforma financiera y después la tablita erosionaron su competitividad. La industria no sólo interrumpió su avance exportador, sino que fue perdiendo también espacio en el mercado interno en manos de las importaciones.Cuando Martínez de Hoz dejó el gobierno en 1981, la participación de la industria en el valor agregado había retrocedido a niveles de mediados de los 50 y había dado varios pasos hacia atrás en términos de la canasta exportadora.Todo esto en un contexto atípico: al inicio no faltaban dólares; cuando empezaron a faltar, fue principalmente por los compromisos de la deuda acumulada.Cuando la deuda se volvió públicaEn 1981, la apreciación récord disparó las expectativas de devaluación e hizo que los capitales dejen de entrar, empiecen a salir y el tipo de cambio no aguante. La profecía autocumplida de la devaluación impulsó la inflación nuevamente al alza, pero también generó problemas de pago de todo el sector privado endeudado en dólares con ingresos en moneda local.El Banco Central salió al rescate con un sistema de seguros de cambio que en la práctica resultó en la estatización de la deuda privada. A partir de allí, la economía argentina tendría un nuevo obstáculo para lograr el financiamiento en divisas necesario para el crecimiento: el endeudamiento externo público y el pago de sus intereses.
 Deuda pública (% del PIB)
Fuente: Medio siglo entre tormentas, p. 312.
La historia a veces rimaMientras escribía esta nota, en varios pasajes sentía que no estaba describiendo un plan económico de hace 50 años, sino uno bastante más cercano. Es incómodo. Porque la historia no se repite, pero a veces rima demasiado. Y repetir errores conocidos con la expectativa de obtener resultados distintos no suele terminar bien.

Guido Zack | Cenital