Cuando un país debe dar explicaciones ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos por el deterioro de la libertad de expresión y la represión de la protesta social, algo profundo está fallando en su democracia. Argentina, tierra de conquistas cívicas dolorosamente obtenidas, enfrenta hoy una advertencia que no puede ser desoída: el avance del autoritarismo se disfraza de orden, y la represión se justifica en nombre de la seguridad.
La audiencia convocada por la CIDH —a partir de denuncias de organizaciones de derechos humanos— es una señal de alarma. No se trata de un trámite burocrático más, sino de un síntoma de que la comunidad internacional observa con preocupación un clima interno enrarecido, donde el pensamiento crítico se vuelve incómodo y el disenso, sospechoso.
El informe de Amnistía Internacional refuerza esa preocupación: documenta señales claras de retroceso en las garantías democráticas básicas, con políticas estatales que amenazan el derecho a manifestarse y ponen en riesgo la pluralidad informativa. En otras palabras, los pilares mismos de la democracia comienzan a agrietarse bajo la presión de un poder que no tolera el cuestionamiento.
Hostigar a la prensa, perseguir a quienes protestan o criminalizar la disidencia no son simples excesos circunstanciales: son prácticas autoritarias. Y cuando se vuelven sistemáticas, el silencio ya no es neutralidad, sino complicidad.
Resulta preocupante la naturalización de un discurso que presenta la represión como “orden” y la censura como “control responsable”. Detrás de esas palabras se esconde una peligrosa concepción del poder que coloca al Estado por encima de los ciudadanos, en lugar de servirles.
La democracia no se mide solo en votos, sino en la capacidad de convivir con las voces disidentes. Hoy, esas voces vuelven a estar bajo amenaza. La Argentina, que supo reconstruir su institucionalidad sobre las ruinas de la dictadura, no puede permitirse retroceder en materia de libertades.
El desafío es claro: defender la palabra, la protesta y la verdad como actos de resistencia democrática frente a la tentación del autoritarismo.
Hora Reimon

