NO TODOS LOS ARGENTINOS SON COMO MILEI, PERO MILEI ES ARGENTINO

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Elegir las peores palabras es una caricatura de nuestra forma de conversar más agresiva y revela las mañas de un político común y corriente.

A pesar de invocar las fuerzas del cielo, llorar en el Muro de los Lamentos y leer los textos bíblicos, Javier Milei transita a velocidad crucero el camino descendente de líder carismático tocado por la divinidad a político terrenal, más bien promedio.

Lo más llamativo de su forma de comunicar no es la cantidad de exabruptos que pronuncia por día ni el fuego iracundo que sale de su boca: lo sugerente es la “revelación” que nos ofrece de sí mismo, en primer lugar, y un poquito de nosotros, también.

Su retórica iracunda tiene táctica y cálculo: desviar la atención de noticias económicas que van de mediocres a malas. Un ejercicio de distracción conocido, ejecutado a las patadas.

Pero además, su decisión de elegir las peores palabras ya se transformó en una versión distorsionada de nuestras peores conversaciones: aquellas en las que no nos separan las ideas, sino la forma que tenemos de expresarlas.

No todos los argentinos son como Milei, pero Milei es argentino

Milei funciona como un espejo cóncavo: deforma, agranda y devuelve una imagen caricaturesca de cómo nos comunicamos los argentinos. En los peores casos y con las peores palabras. No todos, no siempre. Milei no inventa ese registro desmesurado: lo lleva al extremo y lo usa para conectar con una parte de la sociedad.

No sería honesto pensar que Milei vino a resquebrajar la conversación argentina. Ya estaba “agrietada”. Tanto que nuestra grieta podría ser incluso más una cuestión de lenguaje que de ideas.

Al fin y al cabo, la grieta se ensancha cada vez que preferimos afirmar en lugar de preguntar; cuando decimos “no entendés” en vez de “no me expliqué bien”; cuando usamos la hipérbole desmesurada y calificamos al otro (“boludo” o “capo”, “genio” o “nadie”) en lugar de intentar entenderlo. La lengua como gatillo fácil y la jerga como forma de incomunicación.

Identificarse con esa forma de hablar podría generar cercanía… si no saturara tanto. Es posible que Milei sea genuinamente así. También es posible que sea un registro que le funcione. Quién sabe.

Detrás del espectáculo disruptivo…lo de siempre

Por lo general, un presidente a un año de elecciones no improvisa. O no debería.

El exceso verbal tiene una función clara: calentar a los propios y ofrecer una agenda alternativa (seguridad, orden, enemigos) cuando los resultados económicos no alcanzan.

No hace falta confesar que las cosas van peor de lo esperado, como hizo hace unos días (“la foto es horrible, pero la película es la mejor de la historia”), porque la propia narrativa lo delata.

Insultar a un presidente extranjero, reclamar la hoguera para periodistas o no reconocer al electo de un país aliado no son solo exabruptos: son movimientos de agenda. Si no hay buenas noticias, se cambia de tema. Milei solo le agrega su sello de desmesura.

Hasta ahora, los hechos muestran a un político que usa herramientas conocidas, recursos a los que estamos acostumbrados desde hace décadas. Eso sí, llevados al espejo cóncavo y deformados hasta el esperpento: polarización sin fin, distracción permanente y lenguaje de batalla.

Y la desmesura. No debería sorprendernos que el presidente refleje con tanta crudeza ciertos rasgos de nuestra conversación pública: exageración, escasez de curiosidad, monólogos que se apilan y calificativos fáciles. El espejo es desagradable, pero es nuestro.

Un 20% de los argentinos (según la encuesta de CELAG en octubre) dice: “No estamos bien, pero estamos acostumbrados a vivir así”. Se puede añadir “con estas palabras y con estas conversaciones”.

El Economista