LA CONQUISTA DEL MAR

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El peronismo hizo del ocio una cuestión de Estado y la Unidad Turística Chapadmalal fue una de sus banderas. Un gran barco que navegó las tumultuosas aguas de la política argentina y que hoy reverdece. ¿Qué dice de nosotres ese lugar que guarda entre sus paredes historias de quienes veranearon por primera vez y de generaciones que a lo largo del tiempo trabajaron ahí para que eso suceda?

H ay un sonido particular: el de los adultos cuando por un segundo juegan como niños. Se trata de un gritito electrizado, chispeante. Es el que se escucha de esa mujer de unos sesenta años que da saltos cada vez que vienen las olas. Hace frío, unos trece grados, pero ella resiste insobornable en traje de baño y sombrero Panamá. Una amiga suya, con campera de abrigo, pantalón largo, bufanda, le toma fotos con el celular desde la arena. Más tarde, la mujer veraniega a contramano dirá: “Es la primera vez que vengo al mar. Mirá si no voy a tener mi foto de playa”. Unos metros más allá, otras mujeres con gorros, gruesas cancanes y polleras caminan como en procesión mirando hacia abajo, en la costa: buscan caracoles, se los muestran entre ellas, intercambian. En el lugar del que vienen, un paraje de Salta, no se encuentra un paisaje como el que se despliega acá al pie de los acantilados. Juntas forman una coreografía armoniosa, que bien podría ser parte de alguna película de Aleksandr Sokurov.

Estas son escenas cotidianas que se viven en la Unidad Turística Chapadmalal, a minutos de Mar del Plata. Forman parte del reservorio de memoria que se acumula a lo largo de los años en esta parte de la provincia de Buenos Aires: miles de personas que año tras año han visto y ven cara a cara por primera vez en su vida el océano Atlántico.

Hay más historias, por supuesto. Daniel Simoncini, administrador de la Unidad hasta el año pasado, recuerda una de hace un tiempo. Esa vez se trataba de un contingente de jubilados que había llegado también desde el Norte, pero de algún pueblo de Chaco. No encuentra en su memoria el nombre exacto del lugar del que venían, pero sí está seguro de lo que pasó aquella tarde, hacia fin del verano, al borde de la playa, donde habían armado puestos con agua mineral y sillas para que se hidrataran y descansaran los viajeros. Desde el Hotel 2, llegaban en tandas a la playa y disfrutaban del sol. Todavía hacía calor así que la ropa era escasa. Por eso, recuerda Simoncini, llamó la atención del coordinador (y la suya) aquella mujer que los cruzó vestida con sandalias, tapado, un vestido, y que sin titubear se dirigía hacia la costa. Al verla tan decidida, el coordinador corrió hacia ella: “Hablemos, por favor, no lo hagas, todo tiene solución, no es necesario que hagas esto”, le decía, nervioso, mientras se mojaba las piernas. La señora, con los pies donde lamen las olas, le preguntó qué le pasaba:

—¿De qué me hablás? Tengo 78 años. Toda mi vida soñé con conocer el mar y me dije “tengo que venir con lo mejor que tenga”.

Este lugar mítico, un ícono del peronismo, Monumento Histórico Nacional y mole simbólica de vacaciones populares es un universo en sí mismo, un gigante de varias cabezas que guarda una memoria de trabajadores y viajeros para venir a agitar una bandera que puede sonarnos extraña: que el veraneo es un derecho de todos, que todo tiempo de ocio es político.

Vacaciones descamisadas

Las tejas rojas, las paredes blancas, los postigos, y alrededor, lo verde, arbustos que recortan el horizonte como manchones y de fondo, el mar especialmente refulgente en este rincón de la costa bonaerense. La Ruta Interbalnearia 11 que atraviesa la Unidad Turística de Chapadmalal permite un recorrido rápido a lo largo de esos gigantes desperdigados a un lado y otro del asfalto: son nueve edificaciones que juntas integran un mito a 30 kilómetros de Mar del Plata, a 15 de Miramar, a los pies de una de las mejores playas del país, custodiadas por acantilados.

Todo se remonta a mitad del siglo XX. La construcción de estos nueve hoteles fue en tanda. Los tres primeros estuvieron en un principio destinados para empleados de la administración nacional. En una segunda etapa, ya con Perón en la presidencia, se expropiaron 650 hectáreas a Eduardo Martínez de Hoz, terrateniente de la zona (también se usaron tierras fiscales). Para 1950 se inauguraron todos ellos: dos de categoría A, seis de categoría B, uno destinado a niños y niñas.

El lugar tenía sus complementos: la capilla, los juegos, las tiendas en la planta baja de uno de ellos, la unidad de primeros auxilios, confitería, cine, un universo cerrado y listo para recibir visitantes que a lo largo de todas las décadas desfilaron por acá: colonia de vacaciones, albergue para deportistas, para jubilados, para trabajadores. Una región que creció material, económica y simbólicamente y que fue una flor dorada que brotó durante el peronismo, aunque antes comenzaba a germinar.

Hubo un plan. En 1943, cuando Perón se incorporó a la Secretaría del Trabajo, inició sus políticas de tiempo libre, abonando a la idea de un turismo con derechos (a veranear) y deberes (conocer la Patria). María Eugenia Scarzanella lo detalla bien en Tiempo libre y peronismo. En aquellos primeros años, entonces, se siembra la semilla argentina del turismo popular. Hasta entonces, Mar del Plata era “la capital del ocio burgués”, la que destacaba entre las ciudades balnearias inspiradas en las costumbres balnearias europeas de finales del siglo XIX. Con el peronismo, esas placas sociales se movieron. En 1954 se relanzó el Festival de Cine, se multiplicaron las acciones para que el pueblo trabajador saboreara el esparcimiento, la hasta entonces reinante clase alta veía cambios en el horizonte. No solo ellos ahora disfrutaban de las puestas de sol en el mar. Elisa Pastoriza trabaja también estas ideas en La conquista de las vacaciones. El despliegue va desde campings del Automóvil Club Argentino (ACA), paseos por el delta, excursiones a Luján hasta ese territorio de disputa del ocio: la Feliz. A las clases acomodadas ahora se sumaba el turismo popular, la clase trabajadora también quería conocer el viento y la arena.

Fue la Fundación Eva Perón la que capitaneó estas actividades recreacionales durante el segundo peronismo. Tanto Chapadmalal como su hermana melliza, Unidad Turística Embalse, en Córdoba, fueron íconos de estas políticas. Gran parte de esa historia se ve en el Museo Evita, en el Hotel 5, que con una vista al mar de privilegio reúne en una de sus salas una memoria de la Unidad compuesta de retazos de otras voces. Un patchwork de bellas remembranzas que permiten ver fotos, algunas tazas, recortes de diarios. Ese museo, armado con aportes de viajeros, resplandece con candor, con objetos que forman parte de aquellos otros veraneos. Hay también vajillas que fueron encontradas en el patio, donde algún trabajador memorioso recordó que enterraban las cosas que hacían referencia a la Fundación Evita en los gobiernos militares que se sucedieron a lo largo de los años, que se encargaron de asfixiar la vitalidad de esta propuesta.

Recién con la democracia de 1983 se intentó recuperar, tímidamente, aquella gloria, en un mundo que, sin embargo, ya no era el mismo. Para pensar eso, quizá sirve visualizar la imagen que describe Daniel Simoncini en la camioneta, mientras va de un lado a otro de la Ruta 11, mostrando el lugar.

-Cuando recién llegué, hace años, por las paredes había caños por los que el agua corría dentro de un tubo que estaba solo conformado por sarro. El plomo había sido corroído y solo eso quedaba. De nada servía pintar, si detrás todo estaba así.

A lo largo del recorrido pueden verse las distintas eras del complejo. Hay hoteles que ya tuvieron su renovación: resplandecen en el paisaje, hay otros que todavía esperan y se ven con los postigos caídos, como párpados bajos, con los vidrios rotos, a la espera de que les toque su turno. También están los que atraviesan la refacción. En ellos puede verse toda la película: antes de la puesta en valor que comenzó a fines de 2019, cuando Alberto Fernández recién estrenaba su gobierno. Las unidades 1 y 2 se pusieron a punto, le siguen en la lista la 5 y la 9.

Punta de lanza u olvido mutable de la Casa de Gobierno, estos hoteles fueron y vinieron entre la atención y la desidia durante los últimos años. Más lo primero que lo segundo. Un barco encallado que estaba por irse o no. Pero que de alguna manera seguía a flote. En 2013, con la declaración de Monumento Histórico, se agregó otra capa más de complejidad: ¿Cómo hacer equilibrio entre el cuidado de lo que debe ser preservado y el mantenimiento de lo que debe ser usado por miles de personas a diario?

Desde aquellos primeros años, en los que esta zona era inhóspita y la urbanización apenas llegaba a Mar del Plata, atomizada en ciertos sectores, hasta hoy, cambiaron muchas cosas. Antes incluso del complejo estaba el famoso campo de la familia Martínez de Hoz, y también había un célebre haras (de ahí el cuento breve de Sara Gallardo, que dice: “Quién tuviera el corazón puro. Ver la carrera de los caballos idos de Chapadmalal”). Cuando la Feliz se extendió, se redujeron los territorios despoblados. Todavía, es verdad, se intensifica lo verde a medida que Chapadmalal se acerca, pero en los últimos años, en especial, la zona ha crecido. Por tramos, recuerda a José Ignacio, la playa despojada y cool de Uruguay. Surfers y familias que buscaron nuevos aires en especial durante la pandemia. Ahora, esos 30 kilómetros de acantilados conjugan entonces el pasado, el presente, y una costa en la que se cruzan esas y otras diferencias: la aristocracia, el turismo social, lo hippie chic.

Simoncini es nacido y criado en Mar del Plata y creció con el mito de Chapadmalal de fondo. También conoce el rubro hotelero: trabajó durante años junto a su hermano en hoteles marplatenses. Con Chapadmalal hizo su paso a lo público. “Yo soy un agradecido” -dice. No hay tantas diferencias entre lo privado o lo público. Sí, tal vez en los objetivos. En el Estado, si bien tratamos de emplear cuestiones parecidas, el beneficio económico se transforma en un beneficio social”. Conoce de cerca esos cruces que se dan por la zona. Y ensaya su descripción del turismo social: “Está relacionado, según como lo veo yo, a personas que no conocen el mar o quienes no pueden vacacionar y el Estado les da la posibilidad de cumplir con su derecho a vacacionar. Pero el turismo social es transidentitario. No importa tu credo, tu religión, tu clase. Está abierto a todos. Después, sí  hay un ranking de prioridades por capacidades económicas y sociales, pero ahora por ejemplo hay un encuentro de Senasa acá”. Muestra los colchones nuevos, los baños, sobrios pero sin fisuras, las ventanas nuevas. Dice: “Este es el renacimiento de Chapadmalal”.

Trabajadores

“Yo no era el que cortaba el paso, yo era el que preparaba el escenario”, dice Tony Suárez, en el Museo Evita, que está en el Hotel 5. “Ya estoy para la vitrina”, bromea. Detrás de él, hay una ventana, a través de ella, se ven unos juegos para niños, un jardín cuidado y más allá, el mar. El mar siempre. Tony trabaja acá desde 1982. Empezó como capataz de un yugoslavo que aprovisionaba de árboles la zona. Desde que el jefe murió en 1989, él quedó a cargo. “Él era de los inmigrantes que vinieron para la construcción, hablaba en infinitivo, pero se hacía entender”, recuerda y dice: “Yo nací acá, soy producto regional. Me crié jugando a la pelota con chicos de Tierra del Fuego, de Jujuy…Tenemos el Monumento histórico, una herencia, piedra sobre piedra, el techo, color, pero lo que no se olvida es lo intangible, los gritos de los chicos cuando tocan por primera vez el mar, esa sinfonía, es impagable”.

Cintia, la hija de Tony, escucha y suma sus anécdotas. Como otras familias del lugar, son generaciones chapadmaltecas que crecen, trabajan y se forman en estas Unidades.  Una genealogía muy particular, en la que la escuela, el trabajo, la vida, circulan entre los pasillos, los espacios verdes y los alrededores de este núcleo. Claro que no todos sienten el mismo fervor por el lugar y se entiende: quienes crecieron ahí en los años de abandono habitaron un espacio que estuvo despojado de su mística. Pero Cintia se cuenta entre quienes encontraron la llama. Ella, como tantos, también trabaja acá desde chica. Entró en el Hotel 3 cuando tenía 19 años y pasó por varios puestos. Los enumera: mucama, recepcionista, camarera en el balneario. Hoy es la encargada de hacer las visitas guiadas por el Museo y de reponer de alguna forma una historia coral que se actualiza con cada viaje, cuando llega alguien a traer su pedazo de anécdota para sumar a la del resto. Algunos, al volver a casa, mandan por correo sus fotos. Así hay postales y postales en blanco y negro de personas en malla que desfilaron por el lugar.

Hilda es otra trabajadora que ha conocido varias etapas de estas Unidades Turísticas. Trabaja en administración y repasa su historia en un salón del Hotel 2 donde por las noches, según los contingentes de viajeros hacen bailes, concursos, algún karaoke. Los ritmos en este lugar son ululantes: un bullicio por la mañana, cuando desayunan y parten los micros para volver a destino o para alguna excursión, y otro bullicio por la noche, cuando se disponen a cenar y el ánimo se enciende de cierta efervescencia festiva. Hilda conoce cada marea viajera. Está acá desde 1974. Vino de la Unidad Turística Embalse y acá quedó: “La época de los militares fue dura al comienzo, pero ellos después se adaptaron. Llegaron a la administración con las ametralladoras. Las pusieron arriba de la mesa pero después trabajábamos igual. Dentro de todo se compraron cosas en ese tiempo, pero éramos esclavas. No podíamos ni tomar mate. Yo trabajaba en la tesorería y tomaba mate a escondidas.

Acá tuve a mis hijas. Hasta los 24 años había vivido en Embalse. Después de acá no nos movimos más. El problema es el clima. Yo me tenía que adaptar. Lloraba. Para mí acá no existía el verano. Fue un desarraigo total. Hoy para mí esto es una belleza. Me adapté. No me volvería. Nosotros vivimos todas las épocas y vivimos la destrucción. Era tristísimo: las paredes rajadas, todo negro de humedad, fue espantoso”. Hilda todavía arrastra una tonada cordobesa, aunque leve: “El complejo es gran parte de mi vida. Tenemos un dios aparte acá. Antes venían 4500 personas en los hoteles. Este es un lugar cuidado, un aura, un lugar protegido. El universo, como vos lo quieras llamar, se disemina. Chapadmalal tiene eso de distinto”.

El aura de los edificios

Lo que dice Hilda sobre Chapadmalal es algo que también dicen Toni, Cintia, Daniel y varios de los que trabajan ahí. Hablan de Chapadmalal y su aura, vuelven a esa idea de lugar angelado. No abunda la narrativa sobre el análisis de las energías de los edificios sin caer en misticismos. Sin embargo, algunos textos como los de la antropóloga Mariana Tello Weiss permiten pensar esta idea. La investigadora habla de “la fuerza emocional que provocan los fantasmas y sus narrativas”. Ahí analiza las dimensiones de lo siniestro en lugares donde la represión tuvo lugar, espacios que “investidos por la energía” que se les confiere, generan una sensación particular e inquietante cuando remiten a hechos de violencia que han tenido lugar allí”. “El espacio -escribe- es también el marco social de la memoria más estable, el tiempo pasa, los años, los días y las noches se suceden, pero el espacio permanece, y basta con que alguien aunque sea parcialmente recuerde y transmita lo que allí tuvo lugar para que sus resonancias se hagan oír”.

Pensemos esta idea en sentido inverso: pensemos en el investimento luminoso de la cuestión. Un lugar, nueve lugares, donde generaciones fueron felices ¿Qué pasa cuando sucede eso, cuando un sitio es depósito de recuerdos alegres? Un viaje de Jóvenes y Memoria: “Es quizá la única posibilidad que tienen de salir del barrio, de conocer el mar. Porque, para muchos, la posibilidad de irse de vacaciones con sus padres no existe”. Unas vacaciones de las integrantes de AMMAR, el sindicato de trabajadorxs sexuales. Los veranos vividos por nuestra compañera Gabriela Figueroa que recuerda: “Para nosotros, Mar del Plata y toda esa zona, cuando yo era chica, era visto como un lujo. Mi viejo fue siempre militante peronista y para él, que amaba todos los espacios relacionados a Perón y Evita, era un sueño ir a Chapadmalal. Un día fuimos en auto desde Tucumán. Para nosotros era el mejor lugar del mundo. Entrar, tener esas piezas, compartir las comidas con los otros visitantes. A la mañana desayunaba y nos íbamos a la playa. Jugábamos al bowling. Los collarcitos de caracoles en las tiendas de la planta baja. He sido muy feliz en el complejo”.

Es jueves por la noche y durante la cena recuerdan que habrá baile de disfraces. Hay tres hileras largas de mesas en las que se distribuyen contingentes de Salta, Tapalqué, Azul. Algunos vinieron preparados y a la hora del baile aparecerán con sus trajes de tangueros, de hadas, habrá un Diego Maradona, una payasa. Son del contingente de PAMI y en el aire flota cierto ánimo melancólico. Al otro día se van. Por eso el baile de disfraces es para la noche de cierre, para sortear los momentos solemnes que no siempre logran terminar sin llanto. Bajan a las diez de la noche al salón principal. Otra vez, adultos que juegan como niños. De fondo, a lo lejos, los grandes ventanales dejan adivinar el mar. Resume Tony, que está a dos años de jubilarse y luego de hacer dos diplomaturas empezó a ver su trabajo de otra manera: “A veces no cazamos el término recreativo. No es solo pasarla bien, es recrearse, hay cosas dentro de uno que se transforman. Tantos recuerdos acá, tantas historias. Todo eso genera energía especial”.

Quizá este lugar sea una rareza: la caja secreta de recuerdos que se pasan, generación tras generación, y pese a todo, preservan un gramo de felicidad.

Crisis

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