LULA EN CHINA: LA VERDADERA DIMENSIÓN DE UN ENCUENTRO

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Semiconductores, comercio, moneda, Banco del BRICS, Estados Unidos, Argentina, Uruguay.

Los juicios apresurados suelen fracasar. Al ser orientados por la inmediatez, acarician superficialmente los hechos y brindan singular valor a los preceptos ideológicos. Es más fácil: una serie de asertos intensos, con rasgos justicieros, dan cuenta del deber ser en lugar de analizar aquello que, en verdad, es. Ese perfil impide comprender movimientos finos de la política y los reduce a luchadores y traidores, o sus variantes para cada caso. Lo que viene ocurriendo con Luiz Inacio Lula da Silva configura un ejemplo característico.

En sintonía con la Argentina, Brasil viene intentando reducir al mínimo la zona de conflicto con los Estados Unidos, sin quebrar las importantes pero sobre todo promisorias relaciones con China. La visita al Norte de Lula, su entrevista con el presidente Joseph Biden, sus declaraciones por la paz que incluyeron un cuestionamiento al accionar de la Federación de Rusia, levantaron polvareda e inclusive algunos analistas internacionales de valor cayeron en la trampa de compararlo con la peor versión mítica de Moctezuma.

Pocos se detuvieron a pensar que alguna línea de reprimenda lanzada desde este Sur no incide sobre el curso de la guerra y facilita aire ante las ostensibles presiones norteamericanas. Tampoco observaron que al gobierno ruso lo que realmente le interesa es que se sostengan sin declamaciones los nexos con China, su amigo más profundo. Esos dos grandes de América latina necesitan sostenerse bien lejos de la contienda ucraniana y abocarse a la resolución de sus problemas estructurales, delineados, entre otros factores, por la cuestión energética.

Este jueves, el mandatario brasileño asistió en Shanghái a la toma de posesión de Dilma Rousseff como presidenta del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD) del BRICS. En esa ocasión la emprendió sin más contra el Fondo Monetario Internacional (FMI) y otras instituciones financieras multilaterales por imponer sus reglas a los países en vías de desarrollo, para luego cuestionar el uso del dólar como intercambio mundial e instó a la creación de una moneda única del bloque emergente.

“¿Por qué todos los países necesitan hacer su comercio respaldado por el dólar? ¿Por qué no podemos comerciar con nuestras propias monedas? ¿Quién decidió que fuera el dólar?”, indagó con retórica inocultable. Y avanzó: “Necesitamos una moneda que transforme a los países en una situación más pacífica, porque en la actualidad hay que correr detrás del dólar para exportar”. Además, destacó que el NBD es una alternativa al FMI, puesto que, a diferencia de este último, no impone condiciones ni duras exigencias para prestar dinero.

Así, el metalúrgico subrayó conceptos gratos para China, que sigue esgrimiendo la paciencia y el crecimiento como herramientas de batalla. Pero luego tendió la mano hacia nuestro país. “No le corresponde a un banco asfixiar la economía de una nación como lo está haciendo  ahora el FMI con Argentina, como lo hizo con Brasil durante tanto tiempo y como lo hizo con los países del tercer mundo”. Es que “Ningún gobernante puede trabajar con un cuchillo en la garganta porque tenga deudas”, agregó.

El trato de Lula con su colega y vecino Alberto Fernández es ostensible y narrado con orgullo desde ambas administraciones. Sus reuniones recientes –el primer estado que visitó tras la elección- muestran por estas horas los resultados. La Argentina no tiene, en sí misma, volumen para proponer un cambio de signo monetario universal, pero la tracción conjunta con micrófono en manos del hombre de Pernambuco, encarna otra perspectiva. “Cuando el Fondo Monetario Internacional presta a un país del tercer mundo, se siente en el derecho de mandar, de administrar las cuentas de esas naciones, como si fueran sus rehenes”, continuó Lula. Por eso instó a la nueva presidenta del NBD a “prestar dinero con miras a ayudar a los países en desarrollo y no sofocarlos”, puesto que muchos ya “acumulan deudas impagables”.

“Es intolerable que, en un planeta que produce suficientes alimentos para satisfacer las necesidades de la humanidad, millones de hombres, mujeres y niños no tengan qué comer. Es inaceptable que la codicia de una pequeña minoría ponga en riesgo la supervivencia de la humanidad”, expresó. Lula dijo también que el Nuevo Banco de Desarrollo reúne todas las condiciones para convertirse en un gran banco del Sur Global, que rechaza las “cadenas de las condicionalidades” de Occidente y que está dispuesto a financiar proyectos de las economías emergentes en moneda nacional.

Al día siguiente, se reunió con el jefe de Estado anfitrión, el ya estelar Xi Jinping. Comunicó, en ese marco, cosas bien interesantes. “Ayer visitamos Huawei en una demostración de que queremos decirle al mundo que no tenemos prejuicios en nuestras relaciones con los chinos. Nadie va a prohibir que Brasil mejore su relación con China”, dijo el brasileño. Quienes se rasgaron las vestiduras pocas semanas antes denunciando su “traición” han de haber acelerado las re interpretaciones, ya que sus religiones les impiden admitir, simplemente, el error de análisis.

Lula también habló de intensificar las relaciones entre ambos países en áreas como ciencia y tecnología; estrategias para combatir el cambio climático; energía limpia y producción de coches y autobuses eléctricos. El primer punto no es asunto menor, como se verá en el próximo párrafo. “Debemos trabajar duro para crear una relación Brasil-China que no sea solo una relación de interés meramente comercial. Aunque el interés comercial es muy importante”, aseguró.

Ambos países firmaron 15 acuerdos entre los que destaca el intercambio de tecnologías de semiconductores, el 5G, 6G y la construcción de CBERS-6, un satélite fabricado entre ambos países y que permitirá monitorear la deforestación de la selva Amazónica, incluso si está cubierta por nubes. Otro de los acuerdos claves, que cautiva a la opinión y preocupa a quienes comandan la Reserva Federal estadounidense, es la realización de transacciones comerciales directamente en reales y yuanes, para evitar el proceso de dolarización y facilitar el comercio entre las partes.

El Gobierno de Brasil consideró este viaje como uno de los “más importantes” del inicio del mandato del adicto al Coringao, quien previamente visitó la Argentina, Uruguay (preste atención, lector) y los Estados Unidos. Cabe puntuar que China importó productos brasileños por un valor que supera los 89.700 millones de dólares, con la soja y los minerales como artículos principales. El nivel de exportaciones chinas a la nación sudamericana se situó en casi 60.700 millones de dólares para el mismo período.

Las dos claves de estos últimos segmentos son: la cooperación en la elaboración de chips y la presencia de los orientales de la Banda. El primer elemento es determinante para zafar tecnológicamente, en el mediano plazo, del bloque anglosajón. El segundo, un paso esencial para articular la alianza sureña que gobierne con sentido sub continental la Cuenca del Plata. En el más allá, Alberto Methol Ferré está celebrando. En el más acá se alzan voces cuestionando a la Argentina por haberse esforzado en mantener al Uruguay en el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) y a Brasil por abrirle las puertas a la Multipolaridad.

Todo no se puede. Acertar, y que encima te aplaudan, resultaría un exceso.

Cierre. La semana que viene, el ministro de Relaciones Exteriores de Uruguay, Francisco Bustillo, partirá hacia China. Cabe recordar que en los meses recientes, ese país ha intentado suscribir un Tratado (bilateral) de Libre Comercio con el coloso. Ahí se armó el tole tole. Pero hace algunas horas, Bustillo señaló que el viaje del presidente brasileño puede servir para “aunar esfuerzos y avanzar” hacia un acuerdo que involucre al MERCOSUR y no sólo a Uruguay.

  • Área Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal

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