¿POR QUÉ NOS ODIAN A LOS ARGENTINOS?

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Hace un tiempo un amigo y compatriota expat me comentó que otra persona en una posición de relativo poder le había dicho que en Norteamérica (en particular Estados Unidos y Canadá) muchos “no nos quieren a los argentinos”. La persona que se lo dijo también es latina, de otro país del Cono Sur.

Este comentario vino de su parte como una advertencia: si estás buscando trabajo, y particularmente un puesto en la Academia que es lo que tanto él como yo estamos haciendo, vas a tener que aceptar el hecho de que muchos de los miembros de los comités que eligen entre los doscientos aplicantes a una posición posiblemente midan negativamente el hecho de que seas argentino.

En principio esto me hizo enojar. Ya es lo suficientemente difícil tener que competir contra esos otros ciento noventa y nueve extremadamente competentes y sobreeducados candidatos para un puesto como para encima tener que considerar que hay un factor del que no tengo control alguno (el lugar donde nací, me crie y viví casi toda mi vida) puede llegar a jugarme en contra. Básicamente, en otras palabras, los argentinos somos discriminados en el mundo a partir de una serie de características que no son particularmente visibles¹.

Me quedé entonces pensando acerca de qué es lo que molesta tanto a tanta gente acerca de la argentinidad y en base a mi experiencia habiendo vivido cinco años en una de las ciudades más multiculturales del mundo², y particularmente en una sociedad que es casi el opuesto completo a la sociedad argentina, creo haber encontrado una respuesta. Es obvia y evidente ahora para mí, pero para el argentino subsumido en la vida cotidiana del país puede que no lo sea.

La característica que molesta de los argentinos es que solemos ser, como diría José Hernández en el Martín Fierro, “retobaos”. Es decir, en otra palabras, que no nos cabe una. Somos gente que protesta cuando se siente ofendida, gente con orgullo y sufrida, pero sobtretodo orgullosa, gente que nunca está fácilmente dispuesta a bajar la cabeza y decir: “Sí, patroncito” cuando lo tratan con injusticia.

La argentinidad que tomó su forma definitiva en el siglo XX es una argentinidad que se nutrió de las masivas inmigraciones del suroeste de Europa. Esto no es una novedad. Tampoco es una novedad que la mayoría de esos inmigrantes eran gente pobre, muchos de ellos comprometidos políticamente con experiencias de organización laboral en sindicatos, partidos políticos de izquierda, ideas anarquistas y comunistas. A pesar de los esfuerzos de las élites argentinas de la época por filtrar y apaciguar a esas masas (con represión, con la Ley de residencia y luego con los golpes de Estado que intentaron domar a lo que veían como un monstruo desatado) nunca lo terminaron de lograr y el pueblo argentino es uno que está acostumbrado a salir a las calles a reclamar contra la injusticia como práctica cotidiana de su expresión política y social.

Paradójicamente, la educación pública que fue un pilar de la “normalización”³ de esas masas poblacionales repentinamente transferidas a otra tierra, con otra lengua y otras costumbres, también cumplió un rol fundamental en la construcción del sujeto insolente y cuestionador que es el argentino tipo.

Es un chiste común señalar que un taxista porteño puede hablarle a uno de cualquier tema y hacerse pasar por un experto. Si bien es cierto que en muchos casos la profundidad del análisis de “la calle” es un regurgitar de palabras dichas en radios y medios de prensa populares, el hecho de que la educación pública de calidad haya sido tan importante en el país ha dado también una considerable base de sujetos con capacidad para el pensamiento crítico y una habilidad intelectual para detectar y protestar la injusticia que no es compartida por las clases populares y medias en otras partes del mundo.

Esto también puede parecer una obviedad, más si se ve desde afuera, pero en otros países de América Latina sin ir demasiado lejos, la educación está fuertemente dividida en una cuestión de clases: los pobres van a escuelas pésimas donde no aprenden a pensar y los ricos van a escuelas privadas de calidad internacional. En cuanto a educación superior ni siquiera hay mucho que ver: los pobres no pueden asistir directamente y los ricos pueden pagar las cuotas mensuales exorbitantes que cobran las universidades privadas.

Las instituciones que se crearon en la Argentina al calor de la lucha de clases y las tensiones políticas del siglo XX entonces han sido parte fundamental en la creación del espíritu contestario del argentino promedio: la escuela, los clubes de barrios, los cafés que propician las discusiones, y también la traza de las ciudades que permitió un orden social en el cual la gente está obligada a interactuar con sus vecinos. Estos lazos sociales formaron solidaridad, identidad y un sentimiento de pertenencia asociado a clase social, al barrio, y a otras formas de identidad que crearon lazos de solidaridad.

Comparado con otras experiencias, y ahora me vuelvo a América del Norte, donde, después de la Segunda Guerra Mundial, las ciudades han sido despobladas y retrazadas para convertirse únicamente en espacios de oficina; donde no existe el espacio del “café” donde ir a discutir; donde los sindicatos y la experiencia colectiva fue siendo derrumbada a partir de la desindustrialización y el anti-sindicalismo de la década de 1970 y donde el individualismo extremo ha horadado toda posible identificación social comunitaria y activista, tenemos que los argentinos, pese a intensos intentos en contra, seguimos siendo bastante conscientes del poder de la organización colectiva y el poder que la insolencia de poder decir NO cuando consideramos algo como injusto otorga.

En la identidad argentina está fundida a fuego el no dejarse pasar por encima: https://www.clarin.com/policiales/grita-nadie-peon-patron-escopetazo_0_S1lXXFiivXe.html

Digo que han habido intensos intentos de desmoralizar a los argentinos y derrumbar su carácter “retobao” y son fáciles de observar. La inclemente campaña contra la educación pública (con su último observable hito en la oposición de los partidos actualmente en la oposición a la creación de nuevas universidades públicas); el desarrollo de los “barrios privados” y la vida en country clubs que tuvo su boom durante la década de los 90s como una forma de suburbanización que eventualmente llevaría a un modelo como el de las ciudades de Norteamérica; el anti-sindicalismo feroz que comenzó con la dictadura de 1976 y se apoderó del sistema de relaciones de trabajo en Argentina (tuve un empleo en blanco donde mi jefe me dijo: “A la empresa simplemente no le gusta que haya sindicatos. Y me parece bien, es una decisión de la empresa.” Echaban sin más a cualquier persona que comenzara a explorar la posibilidad de organización laboral.); la caracterización denigrante de aquellos que aún así se atreven a protestar y por último, claro, la referencia a la “falta de modales” de los argentinos.

Este avance contra el espíritu contestario que define prácticamente la identidad nacional es un esfuerzo de pinzas en el que intervienen actores externos como aquellos que con el ceño fruncido y muy ofendidos señalan que los argentinos son unos maleducados por la forma en la que la Selección Nacional reacción luego de su triunfo en los cuartos de final contra Países Bajos y actores internos, pertenecientes a las élites que siempre prefirieron tener una población amancebada.https://cdn.embedly.com/widgets/media.html?type=text%2Fhtml&key=a19fcc184b9711e1b4764040d3dc5c07&schema=twitter&url=https%3A//twitter.com/record_mexico/status/1601375062019305474&image=https%3A//i.embed.ly/1/image%3Furl%3Dhttps%253A%252F%252Fabs.twimg.com%252Ferrors%252Flogo46x38.png%26key%3Da19fcc184b9711e1b4764040d3dc5c07Un periódico mexicano indignado con la insolencia de los argentinos.https://cdn.embedly.com/widgets/media.html?type=text%2Fhtml&key=a19fcc184b9711e1b4764040d3dc5c07&schema=twitter&url=https%3A//twitter.com/iglesiasdiego/status/1601586407117496320&image=https%3A//i.embed.ly/1/image%3Furl%3Dhttps%253A%252F%252Fabs.twimg.com%252Ferrors%252Flogo46x38.png%26key%3Da19fcc184b9711e1b4764040d3dc5c07Un periódico argentino indignado con la insolencia de los argentinos.

El día en el que me subí al avión con el que emigré de la Argentina había un paro en el aeropuerto de Ezeiza. Los pasillos del preembarque estaban llenos de gente golpeando bombos, cantando en solidaridad y protestando en masa contra una situación que ellos consideraban injusta. No voy a mentir: ese momento fue casi epifánico en confirmarme por qué me estaba yendo del país; un momento en el que volví a vivir hasta el último segundo de mi estadía en el país (no he vuelto desde que salí en agosto de 2017) que los argentinos son gritones, insolentes y protestan todo el tiempo. En ese momento como digo, consideré que eso confirmaba uno de los motivos por los que me iba. Estaba cansado de no poder vivir una “vida normal” y pensaba que las protestas se estaban yendo de control. Ahora, luego de pasado un tiempo y viendo cómo la gente en otras partes del mundo se deja pasar por encima en sus más básicos derechos siento que justamente que esa identidad contestataria argentina es uno de los tesoros nacionales más importantes a resguardar.

El mundo está yendo en términos acelerados hacia situaciones de más y mayor injusticia. Aquí en Canadá que es un país relativamente estable y parecido en algunos aspectos a una “socialdemocracia europea” (no mucho, un poco nada más) cosas que se daban por hecho como el acceso a la salud estatal de calidad están siendo sistemáticamente atacados por una clase social que puede hacerlo porque no encuentra resistencia. Insisto, la salud pública en Canadá es una vaca sagrada y sin embargo ante su desmantelamiento acelerado post-pandemia no hay gente en las calles protestando ni alzando su voz. La gente tiende a aceptar pasivamente, quizás comentando en redes sociales su descontento, pero no hay organización, no hay calles cortadas, bombos y protestas.

Hace unas semanas el gobierno de la provincia de Ontario intentó pasar una ley para obligar al gremio docente a aceptar una paritaria muy por debajo de la inflación del último año y para garantizarse que no hubiera paros y protestas, puso una provisión en la ley que le permitía contradecir un tratado con rango constitucional⁴. El gremio docente, por primera vez desde que estoy aquí, solamente tuvo que agitar la posibilidad concreta de una huelga general para que el gobierno provincial diera marcha atrás y retirara esa provisión de la ley. Esto significa que la protesta, la huelga, el salir a las calles todavía funciona. Aquí y en todas partes. Funciona tan bien que es justamente por eso quemuchos odian a los argentinos: porque los acostumbraron a bajar la cabeza ante la injusticia y aceptarla como inevitable. Los argentinos en cambio reclaman por lo que les corresponde y no aceptan los términos desiguales de la distribución de la riqueza y las injusticias.

Comencé mencionando al Martín Fierro de José Hernández. Es un libro fascinante más allá de su estilo y forma y esto es por lo que de él se ha hecho. Como sabemos, es un texto escrito por un hombre de la élite acerca de las injusticias a las que somete el naciente Estado argentino a un pobre gaucho medio vago de las pampas. Lo asombroso es que las élites hayan decidido justamente que ese poema se convirtiera en la representación más acabada de la identidad nacional y la literatura Argentina. Un hombre pobre luchando contra las injusticias a las que lo someten las élites parece contradecir justamente las posiciones políticas de estas mismas. La discusión de por qué fue elegido como poema nacional no me corresponde señalarlas aquí y ahora, pero me gustaría señalar una cuestión más aquí: la palabra “retobao” con la que caractericé a los argentinos y que dije sale del Martín Fierro es mencionada dos veces en el poema. En ambas ocasiones son la forma en la que Martín Fierro se refiere al moreno, el negro, que mata en un baile sin real motivación.

Si Martín Fierro es un “retobao” ante la autoridad del Estado argentino, él mismo desprecia a quien considera de una clase social inferior, el moreno, como eso mismo, un retobado, un tipo exaltado que debe ser amancebado.

Será que los argentinos somos retobados y contestatarios y esa característica molesta mucho a los que prefieren un pueblo dócil y servil que sepa decir todo el tiempo “sí, patroncito.”

Será que un partido de fútbol donde el esfuerzo, el orgullo, la pasión, la resistencia y también la suerte pueden humillar a una potencia prepotente que se burló antes y durante el partido de ella; que provocó con sorna adentro y afuera del campo de juego con la insolencia del patrón que se sabe a buen resguardo. Para esos patrones, el partido es también una performance. Para esos patrones una vez terminada la puesta en escena es hora de que el plebeyo vuelva a ocupar su lugar, vuelva a su estado amancebado, nunca retobado. Por eso el gesto de Messi, el “callate la boca bobo; andá para allá bobo”, ha molestado tanto a los patrones y a los otros plebeyos que hablan por ellos.

Yo por mi parte vivo todos los días orgulloso de ser un argentino viviendo afuera de Argentina y que aún así no se calla ante la injusticia ni intenta ser “bien educado” para los estándares de los patrones.

¹“Visibles” porque en Norteamérica existe el concepto de “visible minorities”: personas que son visiblemente minorías por su color de piel o alguna discapacidad física que les requiere utilizar elementos ortopédicos y tal.

²Toronto, Canadá

³Las escuelas “Normales” llevan ese nombre porque tenían como misión “normalizar” a toda esa masa de gente de diversas partes del mundo bajo las misma tradición, costumbres, historia y lengua de la Argentina.

⁴Canadá tiene un sistema muy particular y una de las cosas más asombrosas que tiene es una provisión por la cual si un gobierno no quiere acatar detarminada cuestión constitucional simplemente lo pone en una ley y con una mayoría simple puede saltársela. Es un sistema de “honor” donde se supone que los gobiernos no lo hagan. Pero lo están empezando a hacer cada vez más.

Alejandro J. Soifer

Ph.D. en Hispanic Studies (University of Toronto). Escritor, periodista y profesor.

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